San Isidro.
‘’Más adelante fue completando su retrato: sus labios
eran ligeros y su boca grande, con unos pliegues hacia abajo en las comisuras,
que daban sensación de un pasado amargo y de desdén. Experimentado a veces la
misma sensación que podría sentirse al llegar, después de muchos años de
ausencia. Ya que no bastan los huesos y la carne para reconstruir un rostro,
por todo ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de
la carne.
Tenía la exacta sensación de conocerla, esa sensación que
a veces tenemos de haber visto a alguien una vida anterior, sensación que se
parece a la realidad como un sueño a los hechos de la vigilia. Me fascinaba
como un abismo tenebroso, y si me desesperaba era precisamente porque la quería
y la necesitaba. Apenas quedaban frases sueltas, el recuerdo de una expresión,
de una caricia, alguna frase permanecía en su memoria. Ella sabía dónde y cómo
encontrarme, sí quería. Se había dejado dormir a su lado, había hecho ese
supremo gesto de confianza que es dormirse al lado de otro: como un guerrero
que deja su armadura. Nunca la conoceré del todo, su cabeza era un caos.
Respirando ansiosamente por su boca entreabierta, su gran boca desdeñosa y
sensual. Y veía su pelo largo y lacio, con reflejos rojizos, desparramados
sobre la almohada. Volvía a hablar, como quien intenta restaurar un alma ya en descomposición,
trataba de rescatar fragmentos, recorría calles y lugares, insensatamente recogía
cositas y palabras, pero no enseguida, sino mucho tiempo después.’’



Comentarios
Publicar un comentario